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June 8, 2020 Leave your thoughts

¿Por qué estudiamos comportamiento en roedores?

by Dardo Ferreiro

A los humanos nos encanta considerarnos únicos entre todas las especies que conocemos. Algunos incluso dirían que somos la ‘mejor’ especie. Pero concentrémonos en ‘únicos’, que es un poco más objetivo. Construimos metrópolis, hacemos música, y tenemos una noción de intenciones propias y ajenas. Seguramente debemos ser la única especie capaz de tan sofisticados comportamientos.

O tal vez no. Las hormigas también construyen metrópolis, quizás la mayor sea la de hormigas Argentinas que colonizaron seis mil kilómetros de costa a lo largo de Italia, Francia, España y Portugal, con una población de miles de millones. El perro Seamus canta blues mejor que la mayoría de nosotros. Orangutanes, Chimpancés y Bonobos anticipan que otros individuos actuarán de acuerdo a creencias falsas. Y esos son solo algunos ejemplos.

Muchas de las cosas que frecuentemente consideramos especiales de los humanos, de hecho, no lo son.

El aprendizaje es otro ejemplo. Cuando nos encontramos con problemas nuevos, encontramos una solución, y la guardamos para usarla en el futuro. También podemos aprender de otros (aprendizaje social) mediante la observación y/o la instrucción. Esta forma de aprender es importante porque no requiere experiencia directa. Es un avance crucial para la supervivencia porque nos ahorra el tiempo, la energía y el esfuerzo de tener que constantemente reinventar la rueda. Pero, una vez más, no somos la única especie capaz de aprender socialmente. Uno podría incluso decir que ni siquiera somos la especie mas eficiente, juzgando por la cantidad de deditos rotos a través de las generaciones y la contemporánea falta de acolchamiento en las patas de los muebles.

No nos sorprende que otros primates, con sus cerebros grandes y complejas estructuras sociales, sean muy buenos aprendiendo de otros. Y que hayamos avanzado mucho en el entendimiento del aprendizaje social y muchos otros comportamientos estudiando primates (humanos y no-humanos). Pero la mayor parte de ese entendimiento es más bien fenomenológico, y aun sabemos muy poco sobre cómo sucede dentro de nuestros cerebros.

Los roedores, con sus cerebros más pequeños que una pelotita de ping-pong, también son muy buenos aprendiendo socialmente. Por ejemplo, crías de ratones aprenden a evitar un olor inicialmente neutro cuando lo sienten junto al olor que emite su madre cuando se asusta; y la ratas emiten una vocalización especifica de 22 KHz, mediante las cuales otros individuos aprenden sobre nuevos peligros. Aun más, en 2014, Avital et al. mostraron que las ratas aprenden a cooperar para resolver una tarea que requiere coordinación de su locomoción para obtener una dulce recompensa.

Ratas coordinando su movimiento, visitando las diferentes secciones del pasillo (a,b,c) simultáneamente, para recibir una recompensa al final (Avital et al., 2014).

Estos son ejemplos de un creciente campo de investigación, que representa una oportunidad maravillosa: una ventana para investigar más profundamente los mecanismos físicos subyacentes al aprendizaje social, que seria imposible llevar a cabo en animales más grandes como los primates (humanos y no-humanos).

Por eso yo, y muchos otros, estudiamos comportamiento en roedores.

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